Makking off


Rituales de escritura

Ildiko Nassr, febrero de 2018

Cada escritor tiene sus propios rituales y cábalas. En esta oportunidad, haremos un breve recorrido por hábitos de cinco escritores.


Me levanto temprano, me ducho para sacarme el sueño de encima (además, creo que me siento mejor después de un baño. Nada que no cure una buena ducha.). Desayuno mate y cereales. Voy al trabajo y lo primero que hago es encender la computadora. En el trayecto, ya voy pensando en qué escribir. Siempre tengo un proyecto de escritura pendiente. Me gusta caminar o viajar en el trasnporte público y mirar. Mirar de un modo intenso y extrañado.
Miro a mi alrededor como si todo fuera nuevo cada vez, como miraba cuando era niña e imaginaba el sufrimiento del pino en la resina colorada que mis hermanos limpiaban con esmero. O cuando, mientras mis hermanos mayores iban a la escuela, yo “cocinaba” en el asado y experimentaba mezclando ingredientes que no eran lógicamente compatibles. Creo que ya en ese entonces escribía. Cada ingrediente tenía una vida propia y lo combinada con otro que también tenía su historia y entre ambos, imaginaba, construían nuevas aventuras. Por ejemplo, el champú (que robaba en frasquitos plásticos sin que nadie se diera cuenta) era frutado y había pasado por un proceso de industrialización, embalaje, etc. antes de llegar a nuestro baño. Le inventaba una vida de orfanatos y comidas grises. A ese champú lo mezclaba con los frutos del pino (que habían nacido en nuestra casa y eran felices. Tenían una madre amorosa que les cantaba canciones de cuna y reía con ellos. Yo le pedía permiso al árbol para quitar esos frutos y los llevaba hasta mi cocina para crearles una nueva vida). El champú se colaba entre las grietas de esos frutos que se hinchaban y contagiaban de felicidad a ese líquido gordo y pastoso que iba cambiando de color con la invasión de esa nueva sustancia. Me asombraba la transformación de esos elementos tan diferentes y tan maleables. Con las palabras sucede algo parecido. Busco combinaciones nuevas. Las mezclo, las fundo con otras. Quisiera poder traducir mis pensamientos en palabras, pero se me escapan.
Me gusta leer los diarios y las biografías de escritores. Me gustan las entrevistas. Admiro a esos escritores que pueden teorizar y especificar sus procesos creativos, sus rituales de escritura, el por qué de sus obsesiones, etc.
Porque no basta con mirar y con leer para poder escribir. El de la escritura es un proceso tan complejo y fascinante que es único cada vez. Ante cada nuevo proyecto, somos aprendices. No quiere decir que nos desprendamos de lo que sabemos, de lo que somos, de lo que sentimos… sino que cada proyecto plantea nuevos desafíos y nuevos rituales.
A continuación, recorramos algunos rituales de escritura:

    Haruki Murakami
Escribo mis diez páginas a diario como cualquier persona que ficha a la entrada y a la salida del trabajo.
Me levanto a la mañana temprano, me preparo un café y me siento a la mesa durante cuatro o cinco horas seguidas. Diez páginas al día suman trescientas al mes. Un simple cálculo da un resultado de mil ochocientas en seis meses. (…) La diferencia entre la novela y la liga de béisbol era que una vez terminada la primera era como si empezase enseguida otra liga. Para mí esa es, precisamente, la mejor parte, la que merece una mayor dedicación. Cuando termino con la primera versión, suelo tomarme unos días de descanso (depende del caso, pero en general es una semana) y después comienzo con la primera reescritura. Es un trabajo considerable. Meto mucha mano a lo que he escrito y, por muy larga que sea, por muy compleja que resulte la trama, dejo la puerta abierta a la improvisación e incorporo cosas nuevas sin saber muy bien cuál puede ser su encaje definitivo. Hacerlo así me parece mucho más divertido que planteármelo todo en detalle desde el principio. Lo malo es que de ese modo muchas partes terminan por contradecirse con otras, por perder el hilo, incluso modifican el tono general de la historia o la fisonomía de los personajes. De igual modo, el orden cronológico puede acabar alterado. Durante el proceso de reescritura, debo dar coherencia al conjunto después de pulir las contradicciones. A veces no me queda más remedio que eliminar partes extensas, y, en otras ocasiones, aumentar o añadir aquí y allá nuevos episodios.
El fragmento anterior pertenece al libro De qué hablo cuando hablo de escribir, publicado por Tusquets en 2017. Se consigue en todas las librerías y es de lectura ágil e interesante para quien desee adentrarse en el mundo de la literatura.

    Isabel Allende
Empiezo mis libros cada 8 de enero, escribo desde las ocho de la mañana, más o menos ocho horas diarias, seis días a la semana, durante varios meses, hasta que termino un manuscrito decente. Después corrijo hasta que me canso; un libro no se termina realmente, siempre se puede cambiar o mejorar, pero llega un punto en que me doy por vencida.
Se puede leer una entrevista muy interesante sobre el proceso creativo y las rutinas de Isabel Allende en:  
Los escritores son como esos ladrones buenos. Sacan algo que es real…y con un truco de magia lo transforman en algo totalmente nuevo. Esa es la mejor parte de escribir: encontrar tesoros escondidos, dar brillo a eventos que han perdido su atractivo, vigorizar el alma cansada con la imaginación, crear algún tipo de verdad con muchas mentiras.
En su página, www.isabelallende.com, se pueden leer entrevistas, fragmentos y reflexiones de esta escritora prolífica.


    Marguerite Duras
Escriba poco, nada o mucho, todos los días estoy sentada a mi escritorio. Difícil evitarlo. Pero puedo escribir en los trenes, en cualquier parte donde esté. Los que no pueden escribir en cualquier parte, aquellos a los que les hace falta cierta calma, cierta luz, creo que esas personas no tienen tantas ganas de escribir. Los escritores que no tienen tiempo de escribir…desconfío de ellos.
Rara vez los aliento (a los jóvenes). (Escribir) Es verdaderamente el último de los oficios. Es doloroso, angustiante, ocupa el lugar de otras cosas en la vida. ¡El lugar de cierta felicidad! Lo que impulsa a alguien a escribir, si pudiera domesticarse, hacer que sirva para otra cosa, en la vida cotidiana, conyugal. Uno podría hacer locuras, volverse loco. ¿Por qué uno se vuelve loco? Escribir es un suplicio, sin duda, pero cuando uno ha comenzado ya no puede salir.
Se pueden leer más entrevistas y reflexiones de Marguerite Duras en El último de los oficios. Entrevistas (1962-1991). Paidós. 2017.



Este oficio que elegimos los escritores, el último de los oficios, requiere mucho tiempo y esfuerzo. Es una pasión incontenible sustentada en la disciplina del trabajo diario. Sin embargo, hay tantas posibilidades de abordaje e interpretación como personajes que escriben o escritores. 

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