Los hermanos mayores en una lectura de Diego Muñoz Valenzuela


“Los hermanos mayores”, Ildiko Nassr

Maten al mensajero, 2017, 105 pp.
Por Diego Muñoz Valenzuela
De la notable Ildiko Nassr sabemos hace tiempo, desde el 2006, fecha en que conocí a varios de mis queridas y queridos minificcionistas argentinos, por obra y gracias del Primer Encuentro Nacional de Microficción, realizado en Buenos Aires, al que fui invitado por la entrañable Luisa Valenzuela, coorganizadora del evento junto con Sandra Bianchi y Raúl Brasca. Los microcuentistas chilenos del evento fuimos Virginia Vidal -a quien extrañamos con vehemencia- y yo. Así comenzó a construirse un puente fraterno que no ha hecho sino crecer desde entonces. Además de los antes aludidos, conocí a Ildiko y otros notables, trabé amistad con Juan Romagnoli, Fabián Vique y Orlando Romano; con Ana María Shua, Eduardo Berti, Eugenio Mandrini. Ciertamente a lista es muy extensa y sorprendente: es un hecho que la microficción argentina tiene tradición y práctica extraordinarias.
Ildiko Nassr nació en Jujuy para cultivar la poesía, el cuento y el microrrelato, donde ha mostrado perseverancia y talento muy excepcionales, demostrados en volúmenes como Placeres Cotidianos (2007, 2017 ed. corregida y aumentada) y Animales Feroces (2011). Allí ejerce el género brevísimo con destreza combinando la ingenuidad y delicadez angelical con un humor negro macabro y diabólico, y una sensualidad -si es que no un hiper-erotismo- que unidos a un descarnado y agudo sentido de crítica social, conforman un prisma exquisito para desde allí contemplar el mundo para horrorizarse, comprenderlo a fondo, reírse y excitarse. Su trabajo constituye una voz muy precisa dentro de la microficción en lengua española.
En este primer texto, más abajo, alude -eso interpreto desde el conocimiento de su trabajo literario - a los desaparecidos de la dictadura militar, de una manera tan escueta y fina que resulta sorprendente. Y ciertamente contrastante con la brutalidad y el salvajismo que representa el genocidio que resultó del terrorismo de estado.
El mago
Estuvo practicando los trucos con su maestro. A diferencia de otros magos, él no quería hacer desaparecer nada. Su deseo era que aparecieran sus padres. Y para ello practicaba con vehemencia.
Un tema predilecto de nuestra autora es la confrontación entre mujer y hombre, sea en la vida en pareja o el amor, la relación filial o con hermanos, la vida social donde el machismo se manifiesta en lo cotidiano, ya sea en forma burda o sofisticada. La dialéctica es mostrada con dureza, ferocidad incluso, sin olvidar la necesidad estética y narrativa del texto; es decir, sin sacrificar nada. En la siguiente microficción se podrá apreciar una vez más la fineza de la aproximación, el escenario erótico y exquisito, la impotencia del simbólico sacerdote y el triunfo del arte y el placer que sugiere la última y concisa frase.
El sumo sacerdote
Las mujeres atraen a sus víctimas con la música de los tam­bores. El sonido los hipnotiza y ellas usan sus cuerpos para el placer. Luego, se deshacen de ellos y ocultan los cadáveres. Los favores se pagan con la vida.
El sumo sacerdote cree en sus poderes divinos y quisiera poder desviar el curso de los ríos para que esas mujeres no puedan lavar la sangre de sus manos. Sin embargo, no logra hacer ningún milagro. Quisiera transformarlas en árboles, pero el poder no es suficiente. Implora con cantos e inciensos al dios misericordioso que desoye sus súplicas.
Una música extraña lo llama.
Sin contradicción con estos planteamientos, en la construcción del mundo narrativo integral que conforma el volumen Los hermanos mayores, Ildiko explora la compleja estructura del sentimiento amoroso, proclive a las confusiones, los juegos de espejos, la intelectualización excesiva y estéril de los sentimientos, los errores -terribles trampas que nos tiende la vida- que acechan el camino de la búsqueda del ideal y el fracaso al que parecemos predestinados. En la siguiente microficción, la autora explora con éxito esta vertiente, ya tratada en libros anteriores, demostrando que la buena literatura refresca los temas que creemos abordados -en superficial apariencia- hasta el agotamiento.
Los enamorados
Ella se enamoró del hombre disfrazado que tocaba el piano. Se imaginaba situaciones con el pianista, casi podía sentir esos dedos tocando su cuerpo como a un afinado instrumento.
No podría creer que ese hombre tuviera pasiones terrena­les, como el boxeo o el fútbol de los domingos. No lo ima­ginaba en situaciones cotidianas, y, menos aún, como un ser ordinario.
Aturdía a su amigo Daniel con descripciones exhaustivas de ese concertista que ambos admiraban. Daniel la escuchaba con paciencia. Un espectador inadvertido podía palpar la pasión con la que él miraba a su amiga. El amor fluía por su mirada y bañaba la piel de la muchacha.
Nunca sabría que a quien admiraba y por quien suspiraba era ese confidente.
El microcuento El ermitaño es una buena muestra de la crudeza que Ildiko Nassr puede conseguir en un texto, sin que la ferocidad descarnada, las terribles y violentas acciones descritas anulen la humanidad subyacente. Es una buena forma de reflejar nuestra compleja naturaleza, que oscila entre lo angelical y lo demoniaco, integrando estos polos en una identidad confusa, donde odio y amor, carnalidad y espiritualidad, vida y muerte conviven en un mismo territorio.
El ermitaño
Sostiene el cuchillo con firmeza y lo inserta entre la carne y el hueso. La sangre brota y empalaga la mano que sostiene el cuchillo. Hay un eco como de tambores que se sienten en el cuerpo y martillean las sienes. Despedazar un cuerpo no es tarea sencilla. Separa huesos, entrañas y carne. Los acomoda en bolsas negras de residuos. Quiere hacer un trabajo prolijo pero la sangre es como la pintura en un bote que ha sido pateado sin querer. Se esparce por todos lados y no escurre. Todo lo mancha, todo lo pinta con su intensidad. Todo es rojo. Incluso los huesos.
La fuerza y la firmeza en los cortes flaquean. Lo que comenzó como una profunda incisión de desguace se convirtió en un macheteo improlijo y salvaje.
Los recuerdos de aquella madrugada no le permiten caminar tranquilamente por las calles de la ciudad, por ello se mudó a la casita de la montaña y vive a base de meditación y soledad.
Así Ildiko Nassr elabora el apasionante mundo narrativo que resulta de la conexión de sus microficciones. Lectura fácil en primera instancia, el trabajo queda para el lector, que debe asimilar aquello que reside bajo la superficie de la acción narrativa, y que es -al mismo tiempo- aquello que acontece en lo más hondo de su propia conciencia.

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