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Mostrando las entradas etiquetadas como ficción verdadera

Emociones

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Hermosa

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No. No eran los vestidos caros de diseñador los que te hacían lucir hermosa. No eran, tampoco, tu voz dulcemente chillona ni los gestos entre aniñados y seductores los que volvían locos a todos a tu paso. Acaso era la totalidad de lo que fuiste (y sigues siendo): esa energía sobrecogedora y escandalosa, que irradia luz en una habitación oscura. Te vestiste con una bolsa de papas y deslumbraste al fotógrafo, atravesaste la cámara y nos sacude, muchos años después, tu mirada entre triste y soñadora. Tal vez pensabas en la mirada de tu amado, en sus manos recorriendo tu piel, en sus promesas de amor incumplidas. ¿Qué otros sueños esconderá tu mirada? ¿Qué belleza trascendental explota en el conjunto de tu imagen, cuando todavía eras Marilyn y ya no la desdichada Norma Jeane?

Noticias 1

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No podía parar

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Bitácora del aislamiento

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Exploro mi casa. Exploro mi propia imaginación. Busco con ojos nuevos algo que se me haya pasado por alto. Esa huella de animal salvaje que haya pasado desapercibida. Algo que haya escapado de la sartén en la cocina o del placar del dormitorio. Una sensación esperanzadora. El heroísmo que creía que tenía que tener para sobrevivir a una guerra. Soy una privilegiada en una casa grande, con patio y biblioteca y mujeres que amo y admiro. Pero de nada me sirven ahora algunas habilidades aprendidas en mi temprana adolescencia como el código Q o el código morse o disparar un arma o encender fuego con dos piedritas. O recitar el abecedario al revés. No puedo escribirle ni un mail al hombre de los ojos tristes porque su guerra es diferente a la mía y mis palabras no son suficientes para servir de caricia o apoyo cuando él tiene que batallar en el campo de guerra que es la calle. A diario. Dejar a su pequeño hijo en casa y salir a luchar por él. Por mí. Por todos. Él. El valiente caballero...

Mañana de Reyes

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Todo comienza con un gesto, un pequeño impulso, un detalle. Encender una vela. Perfumar la habitación. Colocar sábanas nuevas o recién lavadas. Mínimos rituales placenteros. Recorrer toda la piel con la sensación fluida de una crema corporal. Celebrar estar vivas. Sonreír ante la oleada de recuerdos que nos dicen que hemos sido amadas, que esa piel no tan perfecta le debe a algunas marcas a experiencias inolvidables. Dejarse llevar por esos pensamientos felices. Mírate la llama y el dibujo que forma en las paredes o en el techo. Permitirnos ser un poco niñas. Bailar. Recordar, también, esas múltiples mañanas de Reyes buscando los regalos por toda la casa. Verificar que los camellos hayan comido y bebido. Sí, dejaron varias cajas con envoltorios de colores. Y los infaltables caramelos duros bañados en chocolate que hoy te conectan con esa niña y te hace agrandar la sonrisa.  Y ¿a vos qué te trajeron los Reyes Magos?

El vestido

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Es el día en el que decidiste desatarte y romper todos los protocolos. Mostrar hombros y piernas, enfundada en ese little black dress que te empodera luego de saberte engañada ¿Quién engaña a una princesa? , te preguntabas furiosa.  Ese vestido marcó el fin del sufrimiento y el luto por un matrimonio que ya había muerto hacía mucho tiempo.  Decidiste saltar al vacío y dejar atrás ese pasado de hipocresías y poses que nunca te convencieron del todo. Y miraste al futuro, como nunca lo habías hecho. Si dura sólo un segundo, será eterno y será mío.  Acariciaste la tela del vestido negro, sonreíste a las cámaras de los paparazzi y te sentiste la mujer más guapa del mundo. Ese día renaciste.

Confesiones

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 Fui golpeada, maltratada, herida, manoseada, vulnerada, desterrada, violada, humillada, echada, abandonada en plena calle... Estuve desamparada y tuve frío. Pero no fui una víctima Me amenazaron. Amenazaron y agredieron a mis mujeres. Mi abuela, mi madre, mi hermana, mi sobrina, mi hija... fueron también amenazadas. Sentí el hielo de un arma sobre mi vientre. Y la policía no me creyó. Me insultaron, atentaron contra mi cuerpo, mi alma, mi palabra... Me hicieron creer una historia en la que yo era basura y la creí por mucho tiempo. Pero tuve suerte. Mi familia me abrazó y cuidó. No me mataron (acaso mataron a la Valeria que fui) y seguí adelante, con mucho miedo y herida y llorando y sangrante. Pero no me mataron y pude escribir y alguien me leyó y me dio un valor que yo no había podido ver. No terminé tirada en un basural o descuartizada en un callejón. Pero me calificaron de las peores maneras y todos se creyeron con el derecho de insultarme, ultrajarme, hu...