El poder de las primeras veces
Meik Wiking estudia la felicidad. A los 40 años, como un águila que está a punto de cambiar sus garras y comenzar (o no) una nueva vida, se planteó por su propia felicidad (algo que venía estudiando hacía mucho tiempo) y fue padre. Para hablar de su propia felicidad, les pidió a personas alrededor del mundo que le contaran su(s) felicidad(es). Y descubrió que la felicidad no solo está en las pequeñas cosas, en algo cotidiano trasformado en extraordinario, sino en la memoria. El recuerdo de haber sido feliz (sin darse cuenta, sin proponérselo) hace felices a quienes recuerdan. Pienso en mi padre, Casio, al que habían diagnosticado con Alzheimer. Había perdido la memoria, pero no las emociones. Recordaba el amor que sentía por algunas personas. No sabía mi nombre, pero sí que me amaba. Y me lo hizo saber. Con ese recuerdo, mi cuerpo reacciona: lágrimas, un dolor en el timo, temblor en las manos… Ser autorreferencial es inevitable. Escribo para encontrar el sentido de esos pensamiento...