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Rota

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Estás rota: algunos pedazos cayeron dentro y son astillas que hieren. Desde algún punto de vista, seguís radiante e intacta. Pero si alguien acerca sus labios en la zona cuarteta, podría lastimarse y abrir otras heridas.  Tus sueños son más grandes que tus miedos, pero aún tenés resabios de la pandemia en tu superficie y en tu alma. Viste enfermar y morir a muchos seres amados.  Caíste y, en la caída, te rompiste. Una marca como una mordida ha modificado tu forma. Te negás a ser una taza tirada en la basura, rota, inútil, descartada. Pensás en nuevas formas de acostumbrarte, acomodarte a tus carencias. Rota, seguís igual. Mejor dicho, seguís distinta. Rota, herida, a medias, pero seguís y el camino es nuevo. Acaso una vida verde anide en tu interior y tus sueños se transformen en algo que nunca habías imaginado siquiera.      

El poder de las primeras veces

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Meik Wiking estudia la felicidad. A los 40 años, como un águila que está a punto de cambiar sus garras y comenzar (o no) una nueva vida, se planteó por su propia felicidad (algo que venía estudiando hacía mucho tiempo) y fue padre. Para hablar de su propia felicidad, les pidió a personas alrededor del mundo que le contaran su(s) felicidad(es). Y descubrió que la felicidad no solo está en las pequeñas cosas, en algo cotidiano trasformado en extraordinario, sino en la memoria. El recuerdo de haber sido feliz (sin darse cuenta, sin proponérselo) hace felices a quienes recuerdan. Pienso en mi padre, Casio, al que habían diagnosticado con Alzheimer. Había perdido la memoria, pero no las emociones. Recordaba el amor que sentía por algunas personas. No sabía mi nombre, pero sí que me amaba. Y me lo hizo saber. Con ese recuerdo, mi cuerpo reacciona: lágrimas, un dolor en el timo, temblor en las manos… Ser autorreferencial es inevitable. Escribo para encontrar el sentido de esos pensamiento...

tristeza

Siempre hubo una tristeza inexplicable en mí, algo que me atrapaba desde adentro y tiraba como un ancla. Procuraba deshacerme de ella con sonrisas que iba exagerando hasta convertirlas en carcajadas. Pero esa tristeza estaba afincada en un rincón de mi mirada, en un gesto distraído o en el reflejo en una ventana. No podía desnudarme completamente de ella. Me asaltaba en los mejores momentos, con un recuerdo o una imagen o una palabra y activaba las lágrimas (pequeñas, casi imperceptibles) y arruinaba las fotos, los mensajes, los movimientos. Una mañana, al levantarme, como cada día, dejé de sentirla. Corrí a mirarme a un espejo. Y no estaba. No. Había desaparecido de la superficie. Pero, sabía (ella sabía y yo sabía) que estaba ahí, acechando, y que, cuando menos la esperara, arremetería con furia. Mirando a esa mujer con una tristeza envuelta en el cabello, me prometí que dejaría de temerle al miedo del crecimiento de la tristeza. La sacudí y la arrojé al cesto de la basura....

Carta de amor a mí misma

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