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Mostrando las entradas etiquetadas como crónica

Un mes de cuarentena

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Mañana va a hacer un mes que no salgo de casa. Fue un sábado la última vez que me alejé de casa. Volví de un cumpleaños y ya no salí más. El otro día fui hasta la vereda y barrí los souvenirs de varios perros. Un domingo crucé la calle para sacar una foto de una serie de botellas grandes y vacías de vino, acomodadas estratégicamente en una fila. Seguí trabajando casi con normalidad. Todo el tiempo conectada. Adquirí nuevas habilidades y experiencias. Hice varios videos caseros para varios requerimientos. Di no sé cuántas entrevistas a radios. Contesté una larga entrevista para dos medios gráficos. Con estos datos, ya podría sentirme una estrella. Pero, como diría mi madre: no te creas tan importante. Esto también pasará. Escribí bastante. Llevo un ritmo de trabajo bueno de varias horas diarias escribiendo, que, en épocas normales, incluyen alguna caminata por el parque Xibi Xibi. Ahora son alrededor del patio o de mi dormitorio. Camino para desentrañar algunas ideas que se niega...

TAN ESCURRIDIZA QUE HASTA GOOGLE SE CONFUNDE

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Algunas notas sobre la papa 1. Tengo una mancha de nacimiento con forma de papa en la muñeca izquierda. Tengo siempre una papa a mano. Hay una en mi origen también, ya que mi abuela nació en un lejano pueblo llamado Papa. 2. Una de las conferencias TEDx que escuché más de una vez es la de Magui Choque Vilca:  “Lo que aprendí de mis papas” . Comienza su conferencia con unas papas en las manos, diciendo: “Estas son mis papas y en nombre de ellas les quiero dar la bienvenida”. ¿Las papas tienen alma? ¿Estar en armonía con el universo, con la naturaleza, es reconocer la importancia de las papas? Cuenta que en Argentina hay 84 variedades de papas y, en el mundo, hay más de 3000. Pienso que serán pocos los expertos que podrás clasificarlas, identificarlas, reconocer sus particularidades. Sostiene que  para nosotros las papas significan cultura, vida, tradición . Recuerdo aquellas largas conversaciones de mujeres en la cocina de la casa grande que serían la envidia ...

Algunas cosas de las que me olvidé

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Hace años que me olvidé de andar en bicicleta. Los españoles dicen “montar en bicicleta “, como si hubiera que amansar y domar a ese objeto con ruedas, como si fuese un animal al que le podés enseñar algo.  Recuerdo que aprendí en una pequeña, que me hacía doler las rodillas; no tenía frenos y los pedales estaban tan desgastados que eran un tubito metálico brillante. Era la época de ET y me imaginaba volando en mi desvencijada bici y atravesando la luna.  Cada vez que iba al lavadero de casa, buscaba debajo de la pila de ropa sucia a un extraterrestre que viviera una gran aventura conmigo. Pero así como nunca tuve una cita con ese hombre que aparece en mis sueños, nunca encontré más que algún sapo o un ratoncito sin ningún encanto, y que huyó asustado al verme. Crecí y tuve que conformarme con una aburrida realidad en la que no encontrás criaturas fantásticas en tu casa.  Ahora en este aislamiento añoro esa bicicleta de la que, seguramente, me caería muchas veces...

Bitácora del aislamiento

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Exploro mi casa. Exploro mi propia imaginación. Busco con ojos nuevos algo que se me haya pasado por alto. Esa huella de animal salvaje que haya pasado desapercibida. Algo que haya escapado de la sartén en la cocina o del placar del dormitorio. Una sensación esperanzadora. El heroísmo que creía que tenía que tener para sobrevivir a una guerra. Soy una privilegiada en una casa grande, con patio y biblioteca y mujeres que amo y admiro. Pero de nada me sirven ahora algunas habilidades aprendidas en mi temprana adolescencia como el código Q o el código morse o disparar un arma o encender fuego con dos piedritas. O recitar el abecedario al revés. No puedo escribirle ni un mail al hombre de los ojos tristes porque su guerra es diferente a la mía y mis palabras no son suficientes para servir de caricia o apoyo cuando él tiene que batallar en el campo de guerra que es la calle. A diario. Dejar a su pequeño hijo en casa y salir a luchar por él. Por mí. Por todos. Él. El valiente caballero...

Hablemos de caca

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La caca es aquello que nos da vergüenza, aquello de lo que no se habla y provoca asco, náuseas, repulsión. Aquello que todos hacemos pero que silenciamos. Cada vez que cruzo la calle por cualquier lado y no por la esquina* como debe ser, recuerdo a mi papá. Apuraba la perilla para bajar el vidrio del auto (no teníamos un auto con los alzacristales automáticos), y gritaba al peatón: “apurá, que te voy a levantar como aca* en pala". Todavía me provoca una risa desmedida esa expresión. Me imaginaba la escena que después se tradujo en un fondo de pantalla muy usado.  Mi mamá decía: “ya me voy a hacer un collar de aca y me lo voy a colgar, y seguro todas van a andar con collares iguales”. No la entendía, no lograba entender el sacrificio personal en pos de un escarmiento a la falta de iniciativa y creatividad. Hoy la entiendo a la perfección y me molesta. No tanto como me molesta la actitud de algunas personas que te están mirando para ver qué pueden sacarte, qué pueden imita...

Churros

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Estaba comprando churros en la calle y se me acerca un hombre extremadamente guapo: alto, barbudo, sonriente. Me mira y dice algo. En polaco, creo, porque justo estoy viendo una serie polaca y hablan así, sólo que aparecen subtítulos en español. Lo miraba y lo miraba y no aparecían los subtítulos. Movía mi cabeza como esos perritos chinos que parecen de cuello dislocado. Sonreíamos. Él hablaba y yo no entendía (y los subtítulos sin aparecer). No atiné a buscar mi celular en el bolso y decirle “selfie, selfie”, que eso capaz entendía (y solo me funciona la cámara frontal del teléfono). Pensaba en que tendría algo para contar el viernes en la radio, que me invitaron para hablar de amor. Y les mostraba la selfie con el polaco alto… Pero me preguntaba algo de los churros. Sí. “Rico, rico” le dije, como si repitiendo la palabra,  entendería mejor y acentuara el sabor. Pagamos. Volvimos a sonreírnos. Y cada uno se fue por un lado opuesto de la calle con su “bolsita de cuatro churri...

Mañana de Reyes

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Todo comienza con un gesto, un pequeño impulso, un detalle. Encender una vela. Perfumar la habitación. Colocar sábanas nuevas o recién lavadas. Mínimos rituales placenteros. Recorrer toda la piel con la sensación fluida de una crema corporal. Celebrar estar vivas. Sonreír ante la oleada de recuerdos que nos dicen que hemos sido amadas, que esa piel no tan perfecta le debe a algunas marcas a experiencias inolvidables. Dejarse llevar por esos pensamientos felices. Mírate la llama y el dibujo que forma en las paredes o en el techo. Permitirnos ser un poco niñas. Bailar. Recordar, también, esas múltiples mañanas de Reyes buscando los regalos por toda la casa. Verificar que los camellos hayan comido y bebido. Sí, dejaron varias cajas con envoltorios de colores. Y los infaltables caramelos duros bañados en chocolate que hoy te conectan con esa niña y te hace agrandar la sonrisa.  Y ¿a vos qué te trajeron los Reyes Magos?

Día de los inocentes

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De chicos no sabíamos que este día tenía su origen en un episodio nefasto de la historia y nos divertíamos y enojábamos con las bromas de las tías. Todos caíamos en sus bromas. Eran “buena gente del campo" así que todos confiábamos en su buena fe. Eran bromas muy inocentes pero ellas se reían con la simplicidad de los niños y luego volvían a su seriedad habitual. Cambiaban el azúcar por la sal y te convidaban mates salados y la comida se arruinaba (o mejoraba, según cómo se saboree) con el azúcar. Hacían empanadas y humitas rellenas de algodón y las ofrecían a clientes y proveedores del almacén.  -Comé, comé-, insistían. -Estuve cocinando toda la noche…  Y ¿cómo negarte? Casi siempre sus bromas tenían que ver con lo gastronómico. Pocas veces te decían que tenías sucia la cara y te "limpiaban" con betún de zapatos. Soy la menor de mis hermanos (y durante mucho tiempo, la menor de los primos) así que tengo menos recuerdos de las hermanas de mi papá en este día que, ...

El vestido

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Es el día en el que decidiste desatarte y romper todos los protocolos. Mostrar hombros y piernas, enfundada en ese little black dress que te empodera luego de saberte engañada ¿Quién engaña a una princesa? , te preguntabas furiosa.  Ese vestido marcó el fin del sufrimiento y el luto por un matrimonio que ya había muerto hacía mucho tiempo.  Decidiste saltar al vacío y dejar atrás ese pasado de hipocresías y poses que nunca te convencieron del todo. Y miraste al futuro, como nunca lo habías hecho. Si dura sólo un segundo, será eterno y será mío.  Acariciaste la tela del vestido negro, sonreíste a las cámaras de los paparazzi y te sentiste la mujer más guapa del mundo. Ese día renaciste.

Leer a Joyce Carol Oates

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ildiko nassr, San Salvador de Jujuy, octubre de 2019 Ciclo de lecturas GRANDES MAESTROS DE LA LITERATURA - LEER A JOYCE CAROL OATES Jueves 24 de octubre de 2019 Centro Cultural Héctor Tizón Coordinado por Ildiko Nassr Romper la rutina para entrar en la ficción. Un jueves a la mañana un grupo de desconocidos se reúne para descubrir a esa escritora que es un misterio para muchos de ellos. Un jueves como cualquier otro, pero diferente. No saldremos indemnes de allí. Disfrutaremos, sí. Pero reflexionaremos sobre esas diversas realidades planteadas desde la ficción y desde el universo narrativo de una extraordinaria escritora. Conversaremos sobre ella. Su vida. Su obra. Algunas técnicas narrativas. La configuración de los personajes. Dos horas, con desayuno incluido, que son un viaje, una experiencia única e irrepetible. Difícil de recrear incluso utilizando solo palabras. Impacto emocional. Un golpe en el pecho. Un mazazo en la cabeza. Lecturas significativas. Lágrimas. Ri...

El gran día

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Crónica publicada en el suplemento de cultura del Diario Perfil de Capital Federal.